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LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES
La lectura de esta parábola en Mt. 25:1-13 nos remite a una cuestión delicada, pero interesante de las relaciones que mantienen la Biblia y la cultura de su tiempo. Jesús utiliza como marco de la parábola una costumbre que arqueólogos y etnólogos han encontrado en toda la cuenca mediterránea: una tradición que no era judía y que, por tanto, no tenía ninguna raíz bíblica, pero los judíos de Palestina también observaban.
1. La costumbre de las lámparas
La pequeña lámpara de aceite hecha de barro cocido, característica de las civilizaciones mediterráneas, no tenía solamente la función de procurar una luz en la noche, ya que su aplicación daba un débil rendimiento. Ella tenía una función simbólica y ritual importante. Formaba parte de la mayoría de ceremonias y de los ritos familiares porque simbolizaba la persona humana. El exterior de barro representaba el cuerpo, el aceite que contenía, el alma y la tenue llama, el espíritu. Esto nos recuerda la concepción tricotomista del ser humano que contempla al hombre formado de tres partes, una visión propia del mundo mediterráneo. No se trata, pues, de un dato bíblico sino más bien de una creencia que se remonta a la noche de los tiempos. Cuando la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento, utiliza esta manera de hablar, no es para aprobarlo, sino para mostrarnos cómo la cultura está marcada por esta visión del hombre.
2. La costumbre del matrimonio
Los casamientos constituían en la época de Jesús, la celebración familiar más importante, después de un largo proceso. Los padres efectuaban a menudo la elección de la muchacha, pero el varón podía dar su opinión y, normalmente la joven debía estar de acuerdo. El hombre se dirigía entonces al domicilio de sus futuros suegros para formalizar la petición de mano en una ceremonia que se llamaba kidushin que concluía con el matrimonio. Se fijaba un montante que debía ser devuelto en caso de ruptura del contrato. En el curso de la ceremonia, los novios se comprometían y tomaban la copa de bendición y a partir de ahí la pareja era considerada unida en matrimonio porque si se rompía debían cumplir con las formalidades previstas para el divorcio. Ellos estaban bien casados, pero de acuerdo con la costumbre no podían mantener relaciones sexuales antes de la boda llamada uppah. Este casamiento tenía lugar un año después de la ceremonia anterior, en una fecha que la esposa no podía conocer y que el padre del esposo fijaba. Quizá es por eso que Jesús dijo que nadie conoce la fecha de su retorno, sino sólo el Padre. La esposa se ocupaba durante este tiempo en preparar su boda. Ella esperaba de manera activa el regreso del esposo y el día previsto podía ser a una hora avanzada de la noche como en la parábola. Por su parte, el joven preparaba la vivienda para su esposa. Antes de casarse, el varón debía construir una casa en la propiedad de su padre y plantar una viña. Quizá se deba a esto la alusión de Jn. 14:2. Cuando llegaba el día, el esposo acompañado de sus amigos se dirigía a la casa de la novia en la población que debían celebrarse los esponsales que duraban siete días. La novia esperaba con sus amigas que debían acoger al esposo con una lámpara de aceite encendida en la mano para desear a la pareja dicha y fertilidad. Los invitados, que habían recibido un vestido especial entraban en la sala de la celebración. Entonces empezaba la fiesta. Comían, bebían, cantaban y jugaban en honor de los esposos (Jue. 14:10-15:1). Después de los siete días, el esposo se dirigía con su esposa a su casa y solamente a partir de este momento ellos vivían juntos. La locura de las vírgenes insensatas se explica fácilmente. Acompañar a la esposa con la lámpara apagada equivalía a desearle que fuera estéril en lugar de fértil. Para los que escuchaban a Jesús el sentido estaba muy claro.
3. Jesús y las costumbres de su tiempo
Jesús, utilizó esta costumbre no judía para provocar una reacción en los oyentes. Él nos deja en esta parábola un uso ejemplar de la sabiduría popular. El ejemplo de José y María no da detalles, pero los términos utilizados concuerdan con lo que sabemos de esta práctica por la historia y la etnología. Mt. 1:18 habla de prometidos, el v. 19 evoca el procedimiento del divorcio y el v. 24 que José recibió a su mujer. En principio, Jesús no teme poner un ejemplo sin denunciar su origen pagano. Él se reúne con sus oyentes allí donde ellos están y utiliza su mismo lenguaje. Seguidamente introduce la buena nueva del evangelio bajo la forma de un elemento positivo de la tradición evocada, aquí la espera del esposo, detrás del cual se esconde para revelarse mejor y suscitar una reacción en los oyentes. Ella no debe en principio significar una ruptura con la cultura imperante, sino una adhesión a la persona. ¿Quién no habría querido estar entre las amigas de la esposa? Habrá ruptura, pero ésta vendrá más tarde. Se producirá cuando estén en casa de los discípulos, es decir, allí donde están los amigos de los esposos. ¿Hay en esta parábola una demostración ejemplar del uso que todo predicador debe hacer de la cultura de aquellos a los que se dirige para anunciarles el Evangelio? El predicador del Evangelio debe saber que "no puede poner el carro delante de los caballos". Denunciar el pecado, estigmatizar las costumbres y los comportamientos incompatibles con el Evangelio es necesario en la iglesia para que los discípulos que se arriesgan dejándose arrastrar por el mundo estén advertidos. Pero para los que no conocen todavía a Cristo, el mensaje de ruptura es prematuro. Conviene hacer lo contrario, suscitar el interés por Cristo, utilizando los recursos de la cultura de sus oyentes. Algunos piensan que quizás esta lección puede ser útil a los misioneros que trabajan en países lejanos, pero en nuestros días, estos pueblos lejanos han venido a habitar a nuestras puertas, y nuestros conciudadanos mismos, ¿no se han vuelto paganos ellos también?
Conclusión
Mirando el logotipo de Unión Bíblica, esta pequeña lámpara que representa la Palabra de Dios en el Salmo 119:105, pensemos también en su función simbólica que nos une a este fondo común de todos los países mediterráneos. La luz del Evangelio no condena la cultura de los paganos, pero la ilumina. ¿No es acaso esta inculturación la lógica misma de la encarnación?
(Adaptado de EPI por Pedro Puigvert)

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