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¿HACE
FALTA INTERPRETAR LA BIBLIA?
Un suscriptor de Belfort (Francia) envió
un comentario sobre una de las notas bíblicas
de la Unión Bíblica francesa
adjuntando una oración expresada en
los siguientes términos: "Señor,
danos que podamos comprender y aceptar tu
palabra (la Biblia) sin que jamás tengamos
que buscar su interpretación".
Esta oración traduce la voluntad de
aceptar el mensaje bíblico sin comprometerse.
Para su autor, interpretar, es traicionar.
El deseo de acoger la palabra bíblica
de la manera que es dada evitando cuidadosamente
todo lo que la pueda adulterar, debería,
en efecto, constituir el punto de partida
de todo trabajo bíblico. Repitámoslo,
no solamente para tranquilizar a los que sospechan
de los comentaristas bíblicos de intelectualismo
e incluso de falta de lealtad con respecto
al texto. Señalamos también,
sobre todo para que no se diga que no lo hacemos
suficientemente, cuán real es la tentación
de arreglar el mensaje bíblico al gusto
del consumidor.
1. ¿Es posible el literalismo?
Si se pudiera verdaderamente disminuir el
riesgo evitando todo esfuerzo de interpretación,
entonces, no haría falta poner en el
Índice a los comentaristas y a sus
comentarios. El problema es que no hay quienes
puedan librarse del esfuerzo intelectual sin
el riesgo de equivocarse. Los que creen que
pueden ser dispensados están asimismo
expuestos al peligro de hacer decir al texto
lo que a ellos se les antoja que dice. Por
ejemplo, la mayoría de las sectas elaboran
su doctrina sobre la base de textos bíblicos
tomados de manera literalista. Por tanto,
¡los fundadores de estas sectas raramente
pueden ser acusados de haber realizado un
gran esfuerzo intelectual! El sentido literal
de textos aislados de su contexto han procurado
lo esencial a las bases aparentemente bíblicas
de su doctrina. Es precisamente cuando han
rehusado conscientemente o no han entrado
en el trabajo de interpretación que
ellos han tomado la vía sectaria. Porque,
interpretar es en principio reconocer que
leyendo un texto, el lector se encuentra entre
el texto bíblico y el autor que lo
ha redactado. El lector se interpone con su
cultura, es decir, con su lengua, su mentalidad
y todos los hábitos del pensamiento,
aunque no siempre es consciente de ello. La
lectura que uno cree que es literal, es decir,
sin intermediarios y sin interpretación,
es en realidad la lectura que hago a partir
de mi cultura y de mis apriorismos. Es, pues,
porque yo sé que soy pecador y que
no estoy resguardado del riesgo de tomar mis
propias ideas por las de Dios, que el trabajo
de interpretación es necesario.
2. ¿Qué dice la Biblia?
Debemos empezar por el significado del término
interpretación, una palabra bíblica.
Su raíz griega es la que ha dado origen
al vocablo con que se conoce la disciplina
teológica que designa el arte de la
interpretación: la hermenéutica.
En efecto, el verbo hermeneuo significa dar
el sentido, tal como se traduce en Jn. 1:38,42,
He. 7:2; 1 Co. 12:10, 14:26. Lucas utiliza
este verbo para describir la enseñanza
de Jesús cuando explica las Escrituras
a los discípulos que iban a Emaús:
comenzando desde Moisés, y siguiendo
por todos los profetas, les declaraba en todas
las Escrituras lo que de él decían
(24:27). Prisioneros de la idea que ellos
se hacían del Mesías, los discípulos,
como los demás judíos, no podían
comprender que Jesús debía morir
en la cruz. Cada vez que Jesús había
intentado decirles que él iba a pasar
por el sufrimiento y la muerte, los discípulos
ponían objeciones con sus apriorismos.
El apasionante curso de hermenéutica
que Jesús dio en el camino a Emaús
establece un principio capital: no se puede
comprender el Antiguo Testamento sin referirlo
a Cristo.
El apóstol Pedro utiliza el término
comunicándonos otro principio muy importante:
entendiendo primero esto, que ninguna profecía
de la Escritura se ha originado en la interpretación
privada, porque nunca la profecía fue
traída por voluntad humana, sino que
los santos hombres, hablaron de parte de Dios
siendo movidos por el Espíritu Santo
(1:20-21). Es porque la Escritura ha sido
inspirada por Dios que no se le puede hacer
decir lo que uno quiera. La palabra movidos
del v. 21 sugiere la imagen del velero impulsado
por el viento. El profeta ha puesto las velas
y el soplo santo las ha llenado. Por tanto,
interpretar la Biblia es buscar la intención
del Señor cuando ha inspirado a los
profetas. La intervención del Espíritu
Santo es pues indispensable para la interpretación
de la Biblia, ¡pero esto no significa
que se pueda otorgar una patente de intérprete
porque uno está convencido de tener
el Espíritu Santo! Afirmar la preeminencia
del Espíritu Santo es también
aseverar que la Escritura no puede ser correctamente
interpretada más que por la misma Escritura.
Éste es un principio que los reformadores
han llamado "analogía de la fe".
Es así, porque no se puede edificar
una doctrina sobre un pasaje aislado, como
hacen a menudo las sectas. Es también
así porque ninguna otra autoridad puede
colocarse por encima de la misma Biblia. Este
principio es la base de la necesidad de la
interpretación, pues una lectura literalista
no garantiza que el sentido de un texto sea
establecido a la luz del conjunto de toda
la Biblia. En fin, el Espíritu Santo
ha sido dado a cada discípulo para
comunicarle la nueva vida y es dado a la comunidad
eclesial para dirigirla en la interpretación
de las Escrituras (Ef. 3:18).
Conclusión
A pesar de la asistencia indispensable del
Espíritu Santo, las interpretaciones
humanas son todas falibles. En última
instancia, cada oyente, cada lector, contrae,
en su manera de comprender el texto, una responsabilidad
personal. La labor de interpretar no pierde,
por tanto, su carácter eclesial; está
ligado a la práctica comunitaria de
la vida cristiana y cuando al ministerio de
enseñanza del pasado y del presente
se le otorga el valor que tiene, entonces
puede cumplir con la más grande de
las dichas.
(Adaptado de ÉPI por Pedro Puigvert) |
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