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La Lectura de la Biblia en la Edad Media.

Se atribuye a Orígenes la designación Lectio Divina, el método que consiste en tres etapas básicas: lectura, meditación y oración. Heredera de la tradición judía, la Iglesia de los primeros siglos consideraba que la lectura de las Escrituras era de suma importancia para la vida espiritual.

Sin embargo, con el transcurrir de los años, el interés por esta práctica se fue desplazando a los monasterios y terminó siendo solamente una experiencia de los monjes. Mientras tanto, los Padres de la Iglesia son conscientes del riesgo de considerar la lectura de la Biblia como un asunto de los monjes: "Es inútil el pretexto de que hay otra cosa a hacer en el ejército o en el hogar que no sea leer (la Biblia). Con toda razón protesta Juan Crisóstomo: "Vosotros creéis que la lectura de la Biblia es únicamente asunto de los monjes, entonces tenéis mucha más necesidad que ellos"... Una lectura así es un asunto de todo cristiano... Lo que se hace en la iglesia es necesario hacer en casa; es por eso que Epifanio dijo que Œla compra de libros cristianos es necesaria a los que tienen dinero». A pesar de los esfuerzos de los hombres que predican con el ejemplo (como Jerónimo) la lectio divina se retira por muchos siglos a los monasterios... pero la arquitectura con los capitales y los vitrales «la Biblia de los pobres» ejercerá lentamente una función substitutoria, pudiéndose deplorar una falta de extensión real» (1).

1. La difusión de la Biblia por los valdenses.
Hasta hace poco tiempo, no podía imaginarse que los textos bíblicos pudiesen circular de otro modo que no fuese sobre papel o que los portadores de la Palabra sólo podían ser los que estaban reconocidos por la Iglesia. Se sabe hoy, gracias a las fuentes valdenses, pero también a los documentos dejados por la Inquisición que los perseguía, que los discípulos de Pedro Valdo, mucho antes de la existencia de los reproductores de audio, fueron fervientes lectores de la Biblia y que por medio de ellos una multitud de personas fueron puestas en contacto con el Evangelio. En la segunda mitad del siglo XII, un cierto Pedro Valdo, rico mercader, pañero, o gran terrateniente, no se sabe muy bien, pasa por una crisis religiosa a la que sigue la distribución de sus bienes a los pobres, después de haber dejado a su mujer y a sus hijos con las necesidades cubiertas. Se consagra enteramente a la causa del Evangelio y se convierte en predicador itinerante. Hizo traducir la Escritura en lengua vulgar a dos sacerdotes «por su cuenta y mediante salario» (2). Valdo fue el que originó un movimiento considerable que algunas veces ha sido confundido erróneamente con otros movimientos igualmente condenados por la Iglesia de Roma como el de los cátaros. No debe asombrarnos que enfrentados al poder de la Iglesia de Roma y al debilitamiento del imperio, muchas voces se levantaran contra una religión formal y una clerecía que se había enriquecido. Mientras tanto, este clima no es suficiente para explicar el extraordinario dinamismo valdense.

2. La persecución de los valdenses por difundir la Biblia.
En efecto, Valdo y sus discípulos no buscaban oponerse a la iglesia católica, al contrario, ellos hicieron todo lo posible para obtener su autorización y poder ejercer su ministerio. Cuando el obispo de Lyon les prohibió predicar en 1170, Valdo apeló entonces al papa Alejandro III que se mostró indeciso. Su sucesor condenó al movimiento como herético. Uno de los miembros de la comisión encargada de examinar su causa, que estaban rendidos a Roma, precisa que los miembros de una delegación valdense, trajeron con ellos «algunos libros de los dos Testamentos en lengua gala». Para confundirlos, les dirigieron a cuestiones que reclamaban una formación teológica completa que ellos no tenían. Atrapados en la trampa de un asunto sobre la Trinidad, se tuvieron que retirar. Este hecho muestra que el movimiento estaba formado por laicos sin formación teológica y que no sabían latín. Ellos se servían de textos bíblicos en lengua común que desdichadamente se han perdido a excepción de un «evangeliario en dialecto mesino de 1198, utilizado por los valdenses de Metz» (3). Aunque los responsables valdenses no tenían formación teológica, adoptaron una profesión de fe que impide confundirlos con los cátaros y otros «herejes» (4). No es, pues, por motivos doctrinales que los valdenses eran condenados, sino porque la Iglesia de Roma no podía admitir que unos simples laicos, a menudo iletrados, reuniesen a muchos oyentes para recitarles y explicarles el Evangelio. Pero como la predicación había caído y era desatendida por los clérigos, «los compañeros de Valdo, tuvieron conciencia de ser una comunidad de predicadores apostólicos en el interior de la Iglesia» (5). Ellos partían sin armas ni equipaje, deteniéndose en las casas donde les recibían y como eran a menudo analfabetos, recitaban los textos del Evangelio que habían aprendido de memoria. Su ideal consistía en vivir el Evangelio y la pobreza era para ellos sinónima de disponibilidad. Expulsados de Lyon, (1181- 1182) y condenados con el anatema perpetuo por el Concilio de Verona en 1184 –condena confirmada «para siempre» por el Concilio de Letrán en 1215– los valdenses se dispersaron por el Mediodía de Francia y el norte de Italia. Pero ellos fueron también al norte de Europa. Se encuentran sus huellas en Metz, ciudad de la que se hablará más adelante. «Como por azar», la Reforma protestante se extenderá más tarde por donde ellos pasaron dos o tres siglos antes.

3. Conclusión
El 16 de febrero de 1997, los obispos italianos, con Mn. Chiaretti, arzobispo de Perusia (Umbría) a la cabeza, han declarado «poner en marcha con seriedad una reconciliación de las memorias (...) asumiendo el peso (de la historia) y curar las heridas... cuando esto sea necesario por el perdón demandado y acordado» (6).

Al margen de los valdenses y de las iglesias, la lectura de la Biblia, no toca más que a algunos privilegiados influyentes como el rey Carlos V de Francia (1364- 1380), el cual «lee cada día la Biblia, que medita desde Génesis a Apocalipsis en un año. Su lectura y su meditación la hacía de rodillas con la cabeza descubierta» (7).

 

NOTAS
1. Diccionario de Espiritualidad, París: Beauchesne, tomo IX, pp. 472-475.
2.Jean Gonnet, Amadéo Molnat. Los Valdenses de la Edad Media. Torino: Claudiana, 1974, p.52.
3.Frédéric Delforge. La Biblia en Francia y en la francofonía.Publisud/Sociedad Bíblica Francesa, 1991, p.38
4.Gonnet, Molnat, p. 55.
5. Ibíd, p. 163.
6.El Cristianismo en el siglo XX. Del 9-15 marzo, 1997, nº 583, p.4.
7. Delforge, p.42.


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