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La Lectura de la Biblia en el tiempo de la Reforma

Contrariamente a lo que se ha creído a menudo, la Biblia no tuvo que esperar al tiempo de la Reforma para ser leída. El ejemplo de los Valdenses (cf. Lámpara 2004) lo demuestra. Sin embargo, es evidente que la invención de la imprenta a finales del siglo XV desencadena una verdadera revolución cultural. De ser un libro raro y reservado para una elite se convirtió en un tesoro accesible. "En la última parte del primer tercio del siglo XVI, toda persona que tenía capacidad financiera y cultural podía adquirir una Biblia" (1). Seguramente muchos no la tenían, pero ocurrió un poco como con la televisión, el que ha visto una, acaba siempre por comprarla.

1. La difusión de la Biblia en el siglo XVI
La Biblia, el primer libro impreso, se difundió como un reguero de pólvora. Es fácil imaginar la fascinación que este objeto de prestigio podía ejercer. Lutero había afirmado en 1538: "Hace treinta años nadie leía la Biblia porque era desconocida de todos... Yo mismo no vi un ejemplar de la Biblia hasta los veinte años". Él no se podía imaginar en esta época que la Biblia era el único libro impreso. Gracias a diversos recursos, especialmente testamentos, se sabe que en la región de Amiens, "sobre 261 personas que pertenecían a la clase media, disponían de 91 libros de las horas y solamente 2 biblias, mientras que de los 83 artesanos, había 5 que poseían la Biblia y el resto tenía 53 libros de las horas". Se contaba también con numerosas porciones: salmos y evangelios. Sin embargo, si la Biblia no tenía el monopolio en la sociedad en general, ella era muchas veces el único libro que poseían las familias que habían abrazado la Reforma. Es con ella que se aprende a leer y hasta recientemente ha servido de abecedario para el aprendizaje de la lectura. ¿Qué protestante no tiene un abuelo o una bisabuela que haya aprendido a leer en una Biblia?.

2. Primeros intentos de prohibir su lectura
Los clérigos, intelectuales de la época, debían leer la Biblia y ser capaces de mantener una conversación sobre su contenido. Compartir el saber y la cultura era incorporarse a los acontecimientos de su tiempo, durante el primer tercio del siglo XVI. Era suficiente entrar en una imprenta, una corte principesca o en la universidad para convencerse de ello. Los sacerdotes de la Iglesia católica tenían otras preocupaciones y la difusión de la Biblia les supone un grave problema. Poco después de la impresión de la primera Biblia en 1486, el obispo de Maguncia " se lamenta que los 'libros santos', es decir, bíblicos, sean entregados sin precaución a los hombres simples e ignorantes y al sexo femenino, pues el Nuevo Testamento presupone un conocimiento muy amplio"(2). El año siguiente apareció el primer documento pontificio relativo a los textos impresos a fin de prohibir los libros publicados que serían contrarios a la fe católica. Otro gran doctor católico declara en 1533: "¿Cómo los laicos incultos pueden leer por ellos mismos una traducción y comprender el texto sin ser guiados? ¿Cómo quieren discutir con los sacerdotes y tener razón contra ellos? ¿Cómo se erigen en jueces entre católicos y luteranos? ... ¿El Espíritu Santo cooperará ante tanta malicia y orgullo? Ciertamente no" (3). Como era lógico, empezaron a difundirse nuestras traducciones, basadas en los originales hebreo y griego, editadas en los países que habían abrazado la Reforma, porque en los países católicos era correr un riesgo y entrar en conflicto con las autoridades religiosas. Desde el momento en que la Biblia se convierte en un libro prohibido aumenta su interés por ella.

3. El papel de las mujeres en la difusión de la Biblia
La más renombrada de todas las que leen la Biblia es sin duda Margarita de Navarra, la hermana del rey Francisco I, que "abre el día de sus compañeros con cursos bíblicos, pues en la lectura de las santas letras... se encuentra la verdadera y perfecta dicha del espíritu, de donde procede el reposo y la salud del cuerpo" (4). Pero ella no es la única mujer que se apasiona por el libro prohibido. En 1525, muchas burguesas de la ciudad de Metz organizan verdaderos estudios bíblicos. "Ellas se declaran evangelianas, al tener y leer los evangelios que comentan por placer, despreciando toda institución y ordenanza de nuestra madre, la santa Iglesia" (romana) (5). Muchas fueron muertas como Mathinette de Buisset, enterrada viva en 1542, uno de los "dos géneros de suplicio usado en la ciudad de Tournay a los laicos, por haber mantenido en semejante constancia e integridad, la Palabra de Dios" (6). Hay un lazo entre estas fervientes lectoras de la Biblia y el movimiento valdense que examinamos en Lámpara 2004.

4. Los efectos de la lectura de la Biblia
El acceso al texto bíblico, puesto al alcance de las clases populares cuando había sido reservado a una elite, constituye sin duda alguna un fermento revolucionario. Los oprimidos, aprendiendo a leer, acceden al privilegio del saber que pone las bases de la democracia moderna. Pero leyendo la Biblia, la libertad pone el fundamento de otra revolución más profunda. Hace falta calibrar la presión que imprime "el movimiento por la lectura de la Biblia a los artífices de un despertar del cristianismo tradicional, que va a la par con la invención de un cristianismo no clerical. Los actores de este despertar religioso hacen un diagnóstico sombrío sobre la situación moral y espiritual de su tiempo...El único remedio es volver a la Escritura, al tesoro de la Palabra de Dios que había estado hacía mucho tiempo desaparecido. La lectura de la Biblia responde a una doble nostalgia: nos traslada a los orígenes y nos hace reflexionar sobre el "yo" corrompido, por una palabra dirigida desde lo alto" (7).

Conclusión
El mundo influido por los nuevos medios de comunicación nos lanza un desafío. La lectura de la Biblia en un ejemplar impreso, en un casete o por internet, ¿jugará el mismo papel que tuvo en la Edad Media en tiempo de los valdenses o en el Renacimiento? ¿La cultura globalizada que se ha instalado, será un caos moral y un desastre económico? No lo sabemos, pero a nosotros nos corresponde pegarnos a esta Palabra eterna como a un salvavidas y difundirla como una simiente de vida.
Charles-Daniel MAIRE
(Adaptado por Pedro Puigvert)
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1. Guy Bedouelle y Bernard Roussel. Los tiempos de la Reforma y la Biblia. París, Beauchesne, 1989, p.283.
2. íbid. p. 45.
3. íbid. p. 296.
4. íbid. p. 287.
5. Crónica de la ciudad de Metz, íbid. p. 286.
6. íbid, p.286.
7. íbid p, 285-286.


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