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LA
LECTURA DE LA BIBLIA EN EL SIGLO XVII
A final del siglo XVII y a principio del XVIII, la Biblia alcanza, en Occidente, el cenit más radiante. Como vimos en el artículo de 2006, no existe ningún dominio público, arte o ciencia que no se refiera a las Escrituras, pero al mismo tiempo las ciencias revindican su autonomía y los filósofos, la libertad de pensar. En un próximo artículo veremos como algunos de los grandes pensadores del siglo XVIII se liberaron de la tutela bíblica y con qué arrogancia los apóstoles del siglo de las luces tratan la Biblia. Sin embargo, antes de llegar a estas lecturas no creyentes de la Biblia, debemos detenernos sobre las cuestiones debatidas entre teólogos protestantes, pues ellos afrontan directamente el asunto que nos interesa bajo este título. Aunque pueda parecer que nos salgamos del tema de la historia de la lectura de la Biblia, tenemos la ventaja que nos conduce al corazón de nuestro artículo: “¿Cómo articular la revelación transmitida por la Biblia y los fenómenos humanos relevantes de la cultura?”. La acción del Espíritu Santo está en el centro de los debates. Por la escucha de algunas discusiones actuales, uno se llega a preguntar si no hemos avanzado mucho después de trescientos años.
1. Los debates doctrinales al final del siglo XVII
Los Reformadores habían cruzado sus espadas con sus homólogos católico- romanos sobre numerosas cuestiones, pero es incontestable la doctrina de la gracia que constituía su núcleo principal. La Sola Gratia reformada debía atar corto toda idea de cooperación del hombre a su salvación. La doctrina de la predestinación expuesta por Calvino constituía (y creemos constituye todavía) una de las condiciones que la doctrina debe llenar para que la salvación sea verdaderamente gratuita. Sin embargo, como por todos lados esta doctrina clave de la teología reformada dio signos de desfallecimiento, se reunió un sínodo en Dordrecht (Dort) en los Países Bajos en 1618-1619, con delegaciones de una gran parte de Europa con el propósito de reafirmar la enseñanza de los Reformadores, pero también de poner la doctrina reformada de la gracia y sus consecuencias lógicas allí donde los testimonios escriturarios no son tan claros como para la predestinación (1). Aunque las persecuciones contra la “Religión Pretendidamente Reformada”ocupa en adelante la escena histórica durante la segunda mitad del siglo XVII, la reflexión doctrinal no se halla ausente. No podemos olvidar que en la vigilia de la Revocación del Edicto de Nantes (1685), aunque las Iglesias Reformadas habían sufrido mucho, ellas eran todavía numerosas y dinámicas (2). La predicación tiene una enorme importancia y el pensamiento protestante ejerce una influencia tan considerable como ya no volverá a existir jamás en Francia.
2.Experiencia humana y acción del Espíritu Santo
Claude Pajon, nacido en 1626, propone resolver “el eterno problema de la conciliación de toda la ciencia de Dios con la libertad humana (3). Su gestión y la polémica suscitada están centradas sobre la acción del Espíritu Santo y la manera que esta acción se articula con la razón y la voluntad humana. En el fondo, Pajon quiere mostrar que, aunque soberano, Dios no manipula al hombre por una acción inmediata obrando directamente sobre él, pero que el Espíritu Santo ejerce la soberanía divina a través de la palabra escrita o predicada y de las circunstancias de la vida (4). Para los defensores de una estricta ortodoxia, esta manera de verlo es inaceptable y Pajon es tratado de pelagiano y arminiano por los jóvenes que regresan en barco del culto de Charenton. ¡Suprema injuria para un reformado de ser acusado de herejía, habitualmente reprochada a los católico-romanos! Los que lo proponen encuentran que los teólogos ortodoxos tienen los oídos bien abiertos al decidir: “detener el progreso de estas novedades”. Pronto va a surgir una ocasión favorable. Como era costumbre entrar en una controversia escrita, Pajon y sus amigos convencieron a Claude, ilustre pastor, de tener con él “una conversación sabia”. El encuentro tuvo lugar el 16 de julio de 1676 en Charenton. La reunión comenzó con una serie de ocho declaraciones por las que Pajon se mostraba plenamente de acuerdo con la doctrina ortodoxa (5). Habiendo admitido estos principios, Claude, muy dichoso, le tiende la mano, pero Lenfant que conocía muy bien los matices de los sistemas de teología, le detuvo y le dijo que “no era todavía tiempo de abrazarse y que hasta este momento no se había tocado la dificultad y el estado de la cuestión“. Cuando Pajon entra en los grandes detalles y demuestra que el Espíritu Santo obra en nosotros, Claude reconoce pronto que él no estaba tan de acuerdo como había creído. Un segundo encuentro se fijó para la semana siguiente. En esta ocasión es Claude quien presenta sus objeciones en nueve argumentos, los cuales no es que carezcan de interés, pero por falta de espacio nos quedaremos con la conclusión: “La obra del Espíritu Santo respecto a nuestra conversión es como un hombre que quisiera imprimir los caracteres de un sello sobre una piedra (....) es imposible que el sello quede impreso sobre la piedra del corazón humano a menos que Dios, por una virtud secreta, ablande esta piedra y la haga un corazón de carne susceptible de grabar la ley de Dios: una preparación del corazón, hecha por virtud secreta e inmediata del Espíritu obrando por la palabra”. Desafortunadamente, Pajon, lejos de discernir esta analogía, continúa afirmando que la acción del Espíritu no ha sido nunca inmediata. Sus ideas fueron condenadas en varios sínodos provinciales en 1677.
Conclusión
Aun reconociendo con Pajon que el Espíritu no desconecta la inteligencia y la memoria o su afirmación de que la soberanía de Dios obra en la historia de cada uno y en la de los pueblos, no podemos estar de acuerdo con él en que las más bellas palabras y las circunstancias más favorables cambian un corazón de piedra en uno de carne, salvo que intervenga Dios. Este acontecimiento ilustra como el conocimiento de nuestra historia y el recuerdo de nuestros “ancestros espirituales” son susceptibles de enraizar sólidamente nuestro pensamiento y evitar así de incurrir en los mismos errores que ellos. Este ejemplo ilustra también en que consiste el progreso teológico: no se trata de inventar nuevas doctrinas que no están probadas por la Biblia, pero sí responder conforme a la Biblia a las nuevas cuestiones puestas por la evolución cultural.
Adaptado de “EPI nº 2, 1999” por Pedro Puigvert
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1.Las conclusiones de este sínodo, conocidas con el nombre de Cánones de Dordrecht (Dort), afirman la depravación total del hombre natural; la predestinación incondicional de los elegidos; la expiación ofrecida para los elegidos solamente; la gracia es irresistible; la perseverancia final (seguridad de la salvación) . Jules Marcel Nicole. Compendio de Historia de la Iglesia, Nogent-sur-Marne. Instituto Bíblico, p. 192.
2.Cf. Félix Benlliure. Los Hugonotes, un camino de sangre y lágrimas, Editorial Clie, 2006, pp.131-195.
3.Citado por E.-André Mailhet, Claude Panjon, su vida, su sistema religioso, sus controversias. Paris: Fischbacher (Colección la teología protestante en el siglo XVII), 1883, p.11.
4.Ibid. p. 13.
5.Afirma la corrupción total del hombre (1 y 2), la necesidad de una gracia eficaz que le da valor y la completa (3 y 4), esta gracia es una luz interior y exterior (5), irresistible (6), por el que el Espíritu Santo se sirve ordinariamente del ministerio de la palabra (7). Dios emplea el mismo designio en todas las diversas circunstancias en que esta palabra es acompañada. Ibid. pp. 19-20.. |