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LA LECTURA DE LA BIBLIA EN EL SIGLO DE LAS LUCES
Aunque en algunos aspectos fue una época gloriosa es también la de la aparición de la crítica bíblica. Si por lo que se refiere a un primer tiempo, había la voluntad de restituir a la Biblia lo que le pertenece y a la ciencia lo que es de su competencia, rápidamente, y hasta en las filas de los que eran responsables de explicarla y predicarla en las iglesias (sobre todo protestantes), la Biblia es sometida a los criterios de la razón humana y además tratada como cualquier libro, algunas veces con menos respecto que a ellos. Como sería muy largo de exponer los debates con los múltiples y gruesos libros que los más célebres maestros escribieron, nos referiremos solamente a tres autores que no representan todas las maneras de leer la Biblia, sino más bien tres lecturas típicas de esta época.
1. Voltaire y el deísmo
Es uno de los más ilustres maestros del pensamiento de la Ilustración que representa al deísmo, una posición filosófica que admite la existencia de un Dios como Creador del Universo, pero un Dios lejano que no se ocupa del mundo que ha creado. El deísta rechaza toda la revelación de Dios fuera de lo que la razón puede saber observando la naturaleza. La fe en el Dios de la Biblia es pues incompatible con el deísmo (1). El deísmo no cuenta con muchos militantes en nuestros días, pero su influencia ha sido considerable y sus motivos resurgen bajo otras etiquetas. Voltaire, pues, cree en un Dios creador y a él le debemos estos versos célebres:
“El universo me embaraza, y no soñar después que este reloj existe y que no ha habido relojero”(2). Él ha leído la Biblia, la cita y la comenta a menudo. Es necesario decir que Voltaire ha crecido en una familia donde la influencia jansenista se hacía sentir y “su educación en los jesuitas le han puesto en contacto frecuente con la Escritura (3). En 1733, a los treinta y nueve años, pretende leer muy poco novelas nuevas, y mucho la Santa Escritura. Llena su correspondencia de citas bíblicas a menudo poco conocidas. En 1754 hace una estancia en la abadía de Senones en la Lorena que dispone de una rica biblioteca con doce mil volúmenes. Su abad, Agustín Calmet, es conocido por sus trabajos de historia, pero sobre todo por sus comentarios de la Biblia que son desdichadamente más célebres que serios. Si Voltaire cita mucho la Biblia, lo hace a menudo con un tono irónico e incluso sarcástico: Yo os quiero decir como el otro: “Vended todo y seguidme”. Voltaire devora tanto las obras hostiles a la religión cristiana como los escritos más ortodoxos, aunque sea para denunciar sus numerosas debilidades. Se comprende sin mucha dificultad porqué el deísmo ha dado lugar al ateísmo o al agnosticismo.
2. Rousseau y el pietismo
Él también era un gran lector de la Biblia que recibió igualmente una educación cristiana, pero a diferencia de Voltaire, Jean-Jacques Rousseau pasó su infancia con una familia protestante en casa de un pastor. Así dirá más tarde: “Mi lectura ordinaria de la tarde ha sido la Biblia y la he leído entera al menos cinco o seis veces de corrido”. Conoce, pues, bien la Biblia y la cita a menudo en sus obras. Al contrario que Voltaire, se muestra respetuoso y expresa su admiración por los personajes bíblicos. Por ejemplo, de Moisés admira “como el legislador hizo un <cuerpo político>, <un pueblo libre”> de un enjambre de desdichados fugitivos, sin arte, sin armas, sin talento, sin virtudes, sin valor”. Admira la institución del jubileo, la indulgencia del Deuteronomio para con las jóvenes que se juzgan a la fuerza sobre su castidad y el poner en guardia contra el poder de los grandes con ocasión del asunto de Acab y la viña de Nebot. Pero sobre todo le interesaban los actos y las palabras de Jesús. Intenta dar explicaciones naturales a los milagros. Para él sólo importan la palabra y la beneficencia de Jesús. Sus milagros no tienen más interés que el expresar el amor al prójimo, ya que por otro lado, constituyen verdaderos obstáculos a la fe. Rousseau ha estado influido por la crítica racionalista contemporánea. “Él afirmó que entre los dogmas distintivos de los protestantes, figuraba la autoridad de la razón en materia de fe y la libre interpretación de las Escrituras. Así puede exclamar en “La profesión de fe del vicario saboyano”: <hay razones para someter mi razón>. Entonces se interroga sobre la inmensa labor que exigiría un deseo de comprensión exacta de la Biblia y se inquieta”. De hecho, Rousseau es detenido por “los dogmas oscuros sobre los cuales, dice, yo voy errante desde mi infancia sin poderlos concebir ni creer, y sin saber si admitirlos o rechazarlos”. Como todos los racionalistas, tropieza en la doctrina del pecado original y como Voltaire no puede aceptar la manera antropomórfica con que la Biblia habla de Dios. Finalmente, no puede concebir que Dios habla en la Biblia. De ahí que escriba: “¡Qué de hombres entre Dios y yo!”
3. Diderot y la Enciclopedia
La Enciclopedia constituye una suerte de manifiesto de la Ilustración. El lugar que ocupa la Biblia es significativo: se podía esperar encontrar sólo algunas contribuciones marginales redactadas por los autores deístas o ateos, pero se hallan numerosos artículos que en buena parte han sido redactados por sacerdotes. Se pueden descubrir artículos inspirados por el deísmo burlón de Voltaire al lado de cantidad de afirmaciones tradicionales, siendo muchas de ellas completamente erróneas (4). Si las ciencias físicas o matemáticas son tratadas con todo rigor sin temer cuidar las fórmulas incomprensibles al común de los mortales, los artículos sobre la Biblia parecen dirigirse al gran público. Todo pasa como si los editores tuvieran necesidad de empeñarse en aparecer como conformistas con las posiciones tradicionales respecto a la Biblia para hacer pasar su discurso por novedoso. Diderot mismo era ateo. Como Voltaire y Rousseau, recibió una educación religiosa y aprendió a conocer la Biblia. Marie-Hélène Cotoni precisa: “Si en algunas de sus obras se burla o critica....pasajes de la Biblia, Diderot no tiene la obstinación polémica de un Voltaire. Evidentemente, no tiene el ímpetu de Rousseau”. La actitud que le caracteriza mejor es sin duda “el escepticismo juzgado indispensable para acceder a la verdad”. Así, se entretiene con la Biblia en el “Paseo del escéptico” una obra que no será impresa hasta después de su muerte. Diderot redacta el artículo “Biblia” en la Enciclopedia. Hizo el inventario de todas los pasos y conocimientos necesarios en el estudio crítico del texto. Hace diferencia entre el sistema de dominio que la Iglesia ha puesto en práctica en el curso de los siglos y los orígenes bíblicos del cristianismo. Encuentra en la Biblia apoyo para el humanismo que él preconiza y es el primero en hacer una lectura no creyente.
Adaptado de “EPI Nº 4 de 1999” por Pedro Puigvert
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1. La fe en el Dios revelado en la Biblia no se puede inscribir en el teísmo que afirma la existencia de un Dios personal y soberano. Cotoni, Marie-Hèlène. El siglo de las luces y la Biblia, París, Beauchesne, 1986, pp.780 y ss.
2. Sátiras, Las Cábalas).
3. Cotoni, Marie-Hèlène. El siglo de las luces y la Biblia, París, Beauchesne, 1986, pp.780 y ss.
4. Por ejemplo, que los judíos no tenían el derecho de leer el libro de Génesis antes de los 30 años.


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